Así son las secuelas persistentes del COVID-19 en jóvenes

Shannon (nombre ficticio, para proteger su identidad) es una enfermera veinteañera que trabaja en un hospital de Irlanda; a finales de abril de 2020, comenzó a sentirse mal y una prueba PCR confirmó que tenía COVID-19.

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A pesar de que no requirió ingreso hospitalario, pasaban las semanas y seguía padeciendo síntomas similares a los de una mala gripe: congestión nasal, cansancio, dolor de garganta, sensación de falta de aire y dolores musculares.

La historia de Shannon, plasmada recientemente en un artículo en la revista The Lancet, es la que pueden narrar muchos jóvenes menores de 30 años, que sufrieron COVID-19 pero no se le prestó la debida atención.

“Es un sector poblacional bastante olvidado”, reconoce Lorenzo Armenteros, portavoz de Covid-19 de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (Semg).

Los expertos hacen hincapié en la necesidad de distinguir los dos fenómenos que se pueden producir en el periodo posterior a la infección aguda por el coronavirus: las secuelas y la Covid-19 persistente. 

  • Una secuela es el daño que se ha producido en una parte del organismo (pulmón, corazón, riñón…) y que puede prolongarse por un periodo largo o durante toda la vida.
  • Se habla de Covid-19 persistente cuando los síntomas propios de la enfermedad se mantienen durante un periodo que se considera superior al normal. Estas manifestaciones pueden ser similares a las del inicio de la patología, inferiores, fluctuantes o, incluso, más graves. Aún es pronto para determinar hasta qué punto pueden ser permanentes, pero ya hay personas que llevan más de un año sufriéndolas.

Generalmente, tal y como expone Esther del Corral, médica internista y portavoz de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), “los pacientes jóvenes que ingresan en el hospital con Covid-19 tienen menos complicaciones”. Dado que “buena parte de las secuelas son derivadas de las complicaciones de la infección y del ingreso hospitalario”, al final, “sus secuelas son menores”.

Al tratarse de un grupo escasamente investigado, todavía no se puede trazar un perfil completo de los pacientes jóvenes con más riesgo de tener Covid-19 grave y, consecuentemente, de sufrir secuelas. No obstante, Armenteros expone un factor de riesgo clave: la obesidad, que puede “agravar la enfermedad y las secuelas y aumentar las tasas de ingreso en UCI”. De hecho, se calcula que “cerca del 20% de las secuelas estarían asociadas a pacientes con obesidad o sobrepeso”.

También parece claro que entre los síntomas más frecuentes se encuentran la fatiga, dolores musculares, dificultad para respirar, cefalea y la alteración conocida como niebla mental(pérdida de memoria, dificultad para concentrarse, confusión…). Los problemas cognitivos tienen repercusiones muy discapacitantes en todas las edades, pero Armenteros resalta que pueden afectar mucho más y ser más llamativos en niños y jóvenes porque “están estudiando y esa actividad actividad intelectual es una parte fundamental de su vida”. Lo mismo puede decirse de quienes están en la segunda o tercera década vital y dan sus primeros pasos en el mundo laboral.

El hecho de que no exista un tratamiento específico no significa que no existan opciones para tratar a los afectados por las secuelas del coronavirus y la Covid-19 persistente. De hecho, cuando hay secuelas “claras y objetivables” -según del Corral-, como puede ser “un empeoramiento de la insuficiencia renal o de la insuficiencia cardiaca, o bien un trombo pulmonar”, existen terapias eficaces consolidadas.

Los médicos también coinciden en que hay que huir de la automedicación y de las generalizaciones sin base científica comprobada. En este sentido, del Corral pone como ejemplo los pacientes que refieren “una mejoría del post-Covid después de la vacunación”. La experta es categórica: “Todavía no hay nada probado”.

Con información de: CuídatePlus

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